domingo, 9 de noviembre de 2008

Cáp. XII


Cáp. XII
Paseo de la hilandera

Severus Snape vivía, en una casa situada en un sucio y abandonado barrio industrial muggle, atravesado por un rió.
Entre la maleza había animales salvajes, que correteaban y miraban asechando a cuanto pasaba por allí. La casa se encontraba en la Calle de la Hilandera, una de las muchas calles adoquinadas de casas similares que se separaban del río por una deteriorada verja. Era muy común, parecía mentira que un personaje tan espectacular como él viviera allí. Al fondo de esta calle se encontraba la casa de Snape, frente a una antigua chimenea industrial. La casa era de ladrillo y tenia, por lo menos, dos pisos.
Se paró en el umbral de la puerta y golpeó tres veces.
Esta se abrió, al parecer Severus la había abierto pero se fue ni bien entro un poco de sol.Al entrar a la casa había un pequeño y oscuro salón que le recordaba a una celda de aislamiento. Las paredes estaban cubiertas de libros al completo, la mayoría encuadernados en una piel gastada de color marrón o negro. Había también un sofá y una mesa antigua. La habitación estaba iluminada únicamente por una lámpara de velas colgada del techo que emitía un débil resplandor de luz.
-y bien que esperas witch…?
Dijo una vos sepulcral
De donde provenía esa voz?...se adentró mas en la casa y allí estaba severus. Quieto a un lado de la mesa cual un enorme murciélago, sus ojos negros entreabiertos e inevitablemente oscuros denotaban impaciencia infinita.
He…aquí estoy severus…-
-que novedad- dijo sarcásticamente, - empecemos ya quieres,
He…claro…-
Has traído todo lo que te pedí?
Si, si acá está-
Ella le entregó los materiales a severus, este observó las cosas detenidamente, una por una minucioso y detallista como el solo.
Bien, sígueme. Dijo snape
Elaine estaba desconcertada, lo siguió a través de los estrechos pasillos donde difícilmente podía verse algo de lo oscuro que estaba, las paredes con una pintura tan vieja que podía distinguirse el ladrillo con la que fueron construidas por entre los pedazos salidos de aquel lienzo craquelado.
Llegaron a una escalera que parecía tener bastantes escalones, cubierto por una alfombra bordó y desgastada por el tiempo, a la baranda le faltaban algunos palos entre medio dejando huecos por los que cabria un adulto sin dificultad alguna.
A medida que subían al segundo piso, los escalones crujían y ella estaba segura de que en el onceavo escalón, que estaba más flojo que los demás, tenia algo vivo dentro y que cantaba en alguna lengua incomprensible.
Subieron y subieron hasta dar en un descanso que comunicaba a otro pasillo. Igual de lúgubre, estrecho y sombrío, que los otros. Solo se diferenciaba porque tenia tres puertas, una en cada extremo del pasillo y una tercera en el medio, al igual que el resto de la casa las puertas eran de madera gastada y antigua, deteriorada por el paso del tiempo que sin duda había dejado huellas.
Ella supuso que un cuarto había pertenecido a los padres, un segundo era de severus…pero el tercero?
Justamente eso estaba por averiguar. Severus se dirigió al cuarto del medio precisamente, al abrir la puerta y escuchar el rechinido agudo y punzante el interior se dejó ver.
Era una cierta especia de laboratorio, con una enorme mesa de madera dura y vieja, con partes quemadas o coloreadas por el derrame de algunas pociones, sobre ella descansaba un gigantesco conjunto de elementos de laboratorio, con sus balones, sus cubetas, embudos, sus erlenmeyers, matraces pipetas y probetas, con sus decenas de tubos de ensayo, vasos de precipitación y la mayoría de ellos ocupados con algún tipo de liquido extraño en su interior, burbujeando, echando gases de colores o descansando pasivamente en sus pequeños ataúdes de cristal.
Sobre el piso de piedra gris, apilados estaban cientos de libros gruesísimos, desgastados, amarillentos, con páginas duras como pergaminos, o perfectamente cuidados, con tapas de cuero oscuro, esquineros de plata, de todos los tamaños, de todos los grosores. Las paredes con ladrillo negro a la vista, que le daba un aspecto aun más lúgubre al lugar, llenas de estantes que a su vez se llenaban de frascos con miles de ingredientes, animales flotando en soluciones rarísimas, plantas secas y otras vivas que se alimentaban de doxys, en una pared había una gigantesca biblioteca, sobre otras repisas excéntrisimas botellas, papeles desparramados, cuadros de seguramente antepasados y un pizarrón con millones de intrincadas formulas químicas y matemáticas que denotaban el impresionante conocimiento que severus guardaba debajo de esa coraza vampírica y que solo había sido vista a la luz en las clases del colegio, allá hace tiempo.
Parecía que era un caos gobernado por un meticuloso orden donde solo aquel emperador del desorden podía determinar donde se encontraba cada cosa exactamente.
Cuando se acercaron a la imponente mesa de madera oscura y corroída, un olor entre nauseabundo y romántico inundo las fosas nasales de Elaine. Obviamente ella con su básico conocimiento en pociones, jamás hubiese podido determinar cuales eran los componentes que penetraban su cerebro e inundaba su alma de forma misteriosa y oscuramente sensual.
Con agiles movimientos pero sumamente premeditados y cuidadosos, con el mismo movimiento que un equilibrista pendiendo de una soga a muchos metros de altura
Despejo el lugar de trabajo en unos minutos y luego dispuso los elementos sobre ella, Elaine se acerco para ayudar y severus le dijo
-quita tus inútiles manos de aquí, mira, aprende y no hables, suficiente con que me estorbes con tu presencia-
-Perdóname severus no quise molestar- le respondió ruborizada.
-Menos mal que dije que no hablaras.-
Y puso manos a la obra como solo él, el príncipe, el maestro, sabia hacer.